Cronica de un dia en Pilar
ARGENTINA (Pilar)

Me despierto una mañana en Pilar al grito de “Benedicamus Dominum”. Aun es de noche, no entiendo mucho donde estoy, ni que está pasando. Siento una gran calma en mi interior y un propósito grande para éste día. Inmediatamente me hallo, recuerdo que estoy en la casa de
Bajo a la capilla e intento disponer mi corazón para poder escuchar la voz del Maestro en la meditación. Cuán profundas y enriquecedoras son las palabras del Evangelio! Si al menos pudiera comprender una por día, solo una palabra… Pero tengo que trabajar duro para que esto suceda: -“Jesús, Maestro, edúcame, estoy dispuesto a aprender y a practicar lo que me mandes”-. Casi sin darme cuenta, me encuentro respondiendo “…y con tu espíritu”, viviendo el sacrificio del Señor.
En cuanto termina la misa subo a la terraza y me tomo unos mates contemplando la naturaleza que me rodea, árboles, pájaros, cielo, y veo el sol y al nuevo día nacer una vez más por
Llego compartimos nuestras mañanas, nos reímos un rato y de repente es como que me pierdo en algún pensamiento. Siento un peso en la nuca y me pregunto si será algo malo. Luego, recuerdo la intensidad de mi mañana y me tranquilizo, ese peso es mi cuerpo, que me está pidiendo “mi” merecida peniquella!
Ya por la tarde nos vamos a misionar al “matadero”. ¿Cómo explicar las cosas que suceden en una tarde de misión? Sería imposible. Ancianos que nos educan, adolescentes que cruzamos con cuchillos en sus manos y que literalmente se los intercambiamos por rosarios, historias pasadas pesadas por fin pisadas y elevadas, oraciones, Cristo, combate y finalmente fiesta en el cielo.
Al regresar compartimos, de palabra, nuestra experiencia personal de la tarde, el paso de Jesús en nuestro día, pero en el aire hay algo mas, es eso que nos guía y que nos acompaña durante toda la jornada, es eso sin lo cuál nuestra labor sería imposible. Es eso que… -“Soy el Espíritu Santo!”- me grita.
-“Gracias por ser tan generoso con nosotros y por amarnos tanto. Perdón por mi ceguera y estupidez. Nunca dejes de mostrarme el camino a seguir”- le dije. Ya no volví a escuchar su voz.
Finalmente, una vez mas, en la casa, cenamos, compartimos, sigo aprendiendo y a la capilla. Cuando abro los ojos ya estoy acostado en la cama diciéndome para mis adentros: -“Señor, puedas dejar que tu servidor muera en Paz”.






